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El perro del hortelano - Lope de Vega El perro del hortelano Lope de Vega · 1618
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Narración: Epachuko, LibriVox · Texto: Wikisource

Vista previa · Capítulo I
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Fragmento sincronizado
Huye, Tristán, por aquí. TRISTÁN. Notable desdicha ha sido. TEODORO. ¿Si nos habrá conocido? TRISTÁN. No sé; presumo que sí. (Vanse. Sale Diana) DIANA. ¡Ah gentilhombre!, esperad. ¡Teneos, oíd! ¿qué digo? ¿Esto se ha de usar conmigo? Volved, mirad, escuchad. ¡Hola! ¿No hay aquí un crïado? ¡Hola! ¿No hay un hombre aquí? Pues no es sombra lo que vi, ni sueño que me ha burlado. ¡Hola! ¿Todos duermen ya? (Sale Fabio) FABIO. ¿Llama vuestra señoría? TEODORO. Para la cólera mía gusto esa flema me da. Corred, necio, enhoramala, pues merecéis este nombre, y mirad quién es un hombre que salió de aquesta sala. FABIO. ¿De esta sala? DIANA. Caminad, y responded con los pies. FABIO. Voy tras él. DIANA. Sabed quién es. FABIO. ¿Hay tal traición, tal maldad? (Sale Otavio) OTAVIO. Aunque su voz escuchaba, a tal hora no creía que era vuestra señoría quien tan aprisa llamaba. DIANA. ¡Muy lindo Santelmo hacéis! ¡Bien temprano os acostáis! ¡Con la flema que llegáis! ¡Qué despacio que os movéis! Andan hombres en mi casa a tal hora, y aún los siento casi en mi propio aposento; que no sé yo dónde pasa tan grande insolencia, Otavio. Y vos, muy a lo escudero, cuando yo me desespero, ¿ansí remediáis mi agravio? OTAVIO. Aunque su voz escuchaba, a tal hora no creía que era vuestra señoría quien tan aprisa llamaba. DIANA. Volveos; que no soy yo; acostaos; que os hará mal. OTAVIO. Señora... (Sale Fabio) FABIO. No he visto tal. Como un gavilán partió. DIANA. ¿Viste las señas? FABIO. ¿Qué señas? DIANA. ¿Una capa no llevaba con oro? FABIO. Cuando bajaba la escalera... DIANA. ¡Hermosas dueñas sois los hombres de mi casa! FABIO. A la lámpara tiró el sombrero y la mató. Con esto los patios pasa, y en lo escuro del portal saca la espada y camina. DIANA. Vos sois muy lindo gallina. FABIO. ¿Qué querías? DIANA. ¡Pesia tal! Cerrar con él y matalle. OTAVIO. Si era hombre de valor, ¿fuera bien echar tu honor desde el portal a la calle? DIANA. ¡De valor aquí! ¿Por qué? OTAVIO. ¿Nadie en Nápoles te quiere, que mientras casarse espere, por dónde puede te ve? ¿No hay mil señores que están, para casarse contigo, ciegos de amor? Pues bien digo, si tú le viste galán, y Fabio tirar bajando a la lámpara el sombrero. DIANA. Sin duda fue caballero que, amando y solicitando, vencerá con interés mis crïados; que crïados tengo, Otavio, tan honrados. Pero yo sabré quién es. Plumas llevaba el sombrero, y en la escalera ha de estar. (A Fabio) DIANA. Ve por él. FABIO. ¿Si le he de hallar? DIANA. Pues claro está, majadero; que no había de bajarse por él cuando huyendo fue. FABIO. Luz, señora, llevaré. (Vase Fabio) DIANA. Si ello viene a averiguarse, no me ha de quedar culpado en casa. OTAVIO. Muy bien harás; pues cuando segura estás, te han puesto en este cuidado. Pero aunque es bachillería, y más estando enojada, hablarte en lo que te enfada, ésta tu injusta porfía de no te querer casar causa tantos desatinos, solicitando caminos que te obligasen a amar. DIANA. ¿Sabéis vos alguna cosa? OTAVIO. Yo, señora, no sé más de que en opinión estás de incansable cuanto hermosa. El condado de Belflor pone a muchos en cuidado. (Sale Fabio) FABIO. Con el sombrero he topado; mas no puede ser peor. DIANA. Muestra. ¿Qué es esto? FABIO. No sé. Éste aquel galán tiró. DIANA. ¿Éste? OTAVIO. No le he visto yo más sucio. FABIO. Pues éste fue. DIANA. ¿Éste hallaste? FABIO. Pues ¿yo había de engañarte? OTAVIO. ¡Buenas son Las plumas! FABIO. El es ladrón. OTAVIO. Sin duda a robar venía. DIANA. Haréisme perder el seso. FABIO. Este sombrero tiró. DIANA. Pues las plumas que vi yo, y tantas, que aun era exceso, ¿en esto se resolvieron? FABIO. Como en la lámpara dio, sin duda se las quemó, y como estopas ardieron. Ícaro, ¿al sol no subía, y abrasándose las plumas, cayó en las blancas espumas del mar? Pues esto sería. El sol la lámpara fue, Ícaro el sombrero; y luego las plumas deshizo el fuego, y en la escalera le hallé. DIANA. No estoy para burlas, Fabio. Hay aquí mucho que hacer. OTAVIO. Tiempo habrá para saber la verdad. DIANA. ¿Qué tiempo, Otavio? OTAVIO. Duerme agora; que mañana lo puedes averiguar. DIANA. No me tengo de acostar, no, por vida de Dïana, hasta saber lo que ha sido. Llama esas mujeres todas. (Vase Fabio) OTAVIO. Muy bien la noche acomodas. DIANA. Del sueño, Otavio, me olvido con el cuidado de ver un hombre dentro en mi casa. OTAVIO. Saber después lo que pasa fuera discreción, y hacer secreta averiguación. DIANA. Sois, Otavio, muy discreto; que dormir sobre un secreto es notable discreción. (Salen Fabio, Marcela, Dorotea, Anarda) FABIO. Las que importan he traído; que las demás no sabrán lo que deseas, y están rindiendo al sueño el sentido. Las de tu cámara solas estaban por acostar. ANARDA. (De noche se altera el mar, Aparte y se enfurecen las olas.) FABIO. ¿Quieres quedar sola? DIANA. Sí. Salíos los dos allá. FABIO. [Fabio habla] aparte a Otavio ¡Bravo examen! OTAVIO. Loca está. FABIO. (Y sospechosa de mí.) (Vanse Otavio y Fabio) DIANA. Llégate aquí, Dorotea. DOROTEA. ¿Qué manda vuseñoría? DIANA. Que me dijeses querría quién esta calle pasea. DOROTEA. Señora, el marqués Ricardo, y algunas veces el conde Paris. DIANA. La verdad responde de lo que decirte aguardo, si quieres tener remedio. DOROTEA. ¿Qué te puedo yo negar? DIANA. ¿Con quién los has visto hablar? DOROTEA. Si me pusieses en medio de mil llamas, no podré decir que, fuera de ti, hablar con nadie los vi que en aquesta casa esté. DIANA. ¿No te han dado algún papel? ¿Ningún paje ha entrado aquí? DOROTEA. Jamás. DIANA. Apártate allí. ([Marcela habla] aparte a Anarda) MARCELA. (¡Brava inquisición!) ANARDA. Cruel. DIANA. Oye, Anarda. ANARDA. ¿Qué me mandas? DIANA. ¿Qué hombre es éste que salió? ANARDA. ¿Hombre? DIANA. Desta sala; y yo sé los pasos en que andas. ¿Quién le trajo a que me viese? ¿Con quién habla de vosotras? ANARDA. No creas tú que en nosotras tal atrevimiento hubiese. ¡Hombre, para verte a ti, había de osar traer criada tuya, ni hacer esa traición contra ti! No, señora, no lo entiendes. DIANA. Espera, apártate más; porque a sospechar me das, si engañarme no pretendes, que por alguna crïada este hombre ha entrado aquí. ANARDA. El verte, señora, ansí, y justamente enojada, dejada toda cautela, me obliga a decir verdad, aunque contra la amistad que profeso con Marcela. Ella tiene a un hombre amor, y él se le tiene también; mas nunca he sabido quién. DIANA. Negarlo, Anarda, es error. Ya que confiesas lo más, ¿para qué niegas lo menos? ANARDA. Para secretos ajenos mucho tormento me das, sabiendo que soy mujer; mas basta que hayas sabido que por Marcela ha venido. Bien te puedes recoger; que es sólo conversación, y ha poco que se comienza. DIANA. ¡Hay tan crüel desvergüenza! ¡Buena andará la opinión de una mujer por casar! ¡Por el siglo, infame gente, del conde mi señor! ANARDA. Tente, y déjame disculpar; que no es de fuera de casa el hombre que habla con ella, ni para venir a vella por esos peligros pasa. DIANA. En efeto, ¿es mi criado? ANARDA. Sí, señora. DIANA. ¿Quién? ANARDA. Teodoro. DIANA. ¿El secretario? ANARDA. Yo ignoro lo demás; sé que han hablado. DIANA. Retírate, Anarda, allí. ANARDA. Muestra aquí tu entendimiento. DIANA. (Con más templanza me siento, Aparte sabiendo que no es por mí.) Marcela... MARCELA. Señora... DIANA. Escucha. MARCELA. ¿Qué mandas? (Temblando llego.) Aparte DIANA. ¿Eres tú de quien fiaba mi honor y mis pensamientos? MARCELA. Pues ¿qué te han dicho de mí, sabiendo tú que profeso la lealtad que tú mereces? DIANA. ¿Tú, lealtad? MARCELA. ¿En qué te ofendo? DIANA. ¿No es ofensa que en mi casa, y dentro de mi aposento, entre un hombre a hablar contigo? MARCELA. Está Teodoro tan necio que donde quiera me dice dos docenas de requiebros. DIANA. ¿Dos docenas? ¡Bueno a fe! Bendiga el buen año el cielo, pues se venden por docenas. MARCELA. Quiero decir que, en saliendo o entrando, luego a la boca traslada sus pensamientos. DIANA. ¿Traslada? Término extraño. ¿Y qué te dice? MARCELA. No creo que se me acuerde. DIANA. Sí hará. MARCELA. Una vez dice, “Yo pierdo el alma por esos ojos.” Otra, “Yo vivo por ellos; esta noche no he dormido, desvelando mis deseos en tu hermosura.” Otra vez me pide sólo un cabello para atarlos, porque estén en su pensamiento quedos. Mas ¿para qué me preguntas niñerías? DIANA. Tú a lo menos bien te huelgas. MARCELA. No me pesa; porque de Teodoro entiendo que estos amores dirige a fin tan justo y honesto, como el casarse conmigo. DIANA. Es el fin del casamiento honesto blanco de amor. ¿Quieres que yo trate desto? MARCELA. ¡Qué mayor bien para mi! Pues ya, señora, que veo tanta blandura en tu enojo y tal nobleza en

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