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El sabueso de los Baskerville - Arthur Conan Doyle El sabueso de los Baskerville Arthur Conan Doyle · 1902
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Traducción: Arturo Costa Álvarez · Edición: Biblioteca de La Nación, Buenos Aires, 1905 · Narración: Internet Archive

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Fragmento sincronizado
El señor Sherlock Holmes, que generalmente se levantaba muy tarde por la mañana, salvo en las no raras ocasiones en que pasaba en pie toda la noche, estaba sentado á la mesa, tomando su desayuno. Yo, de pie junto á la estufa, examinaba el bastón olvidado por nuestro visitante de la noche anterior. Era un trozo de madera vistoso, grueso, de cabeza bulbiforme. Inmediatamente debajo del puño tenía un ancho aro de plata, de cerca de una pulgada de alto. «A Jaime Mortimer, M. R. C. S.—Sus amigos del C. C. H.,» estaba grabado en él, con la fecha «1884.» Era un bastón tal como el que solía usar el antiguo médico de familia: digno, sólido y confortante. —Y bien, Watson, qué deduce usted de él? Holmes me daba en aquel momento la espalda, y yo no le había dicho una sola palabra sobre lo que estaba haciendo. —¿Cómo ha sabido usted que me ocupaba del bastón? Estoy por creer que usted tiene ojos detrás de la cabeza. —Tengo en cambio, por delante, una cafetera plateada, bien pulida—dijo Holmes. Pero vamos á ver, Watson, ¿qué deduce usted del bastón de nuestro visitante? Desde que hemos tenido la mala suerte de desencontrarnos con él, quedándonos sin el menor indicio del motivo de su visita, este recuerdo que nos ha dejado por casualidad se hace importante. Veamos un poco cómo reconstruye usted al hombre por el examen del bastón. —Pienso—dije, siguiendo lo mejor que podía los procedimientos de mi famoso amigo,—que el doctor Mortimer es un médico anciano, afortunado, y querido, puesto que los que lo conocen le hacen esta demostración de aprecio. —Muy bien!—exclamó Holmes.— Excelente! —Pienso, también, que lo más probable es que sea un médico rural que hace á pie muchas de sus visitas. —¿Por qué? —Porque este bastón, aunque muy bonito cuando nuevo, está ahora tan estropeado que no puedo creer que haya médico urbano que lo use. Tiene muy gastado el grueso regatón de acero, lo que prueba que el hombre ha hecho largas caminatas con él,—Perfectamente sensato!—dijo Holmes. —Tenemos ahora esto de los «amigos del C. C. H.» Presumo que se trata de algún club; del club de cazadores de H***, á cuyos miembros habrá prestado él tal vez sus servicios de cirujano, por lo que, en señal de agradecimiento, se le ha hecho este pequeño obsequio. —Realmente, Watson, usted se excede á sí mismodijo Holmes, haciendo retroceder su silla y encendiendo un cigarrillo.—Me considero más que nunca en el deber de declarar que en todos los relatos que usted se ha tomado la molestia de escribir para dar cuenta de mis pequeños triunfos, usted ha estado rebajando sistemáticamente su propia habilidad. Puede ser que usted no sea un astro con luz propia, pero lo cierto es que es buen conductor de la luz. Hay quienes, sin estar dotados de genio precisamente, tienen, sin embargo, notables facultades para estimularlo. Le aseguro, mi querido amigo, que mi deuda con usted es muy grande. Nunca había dicho Holmes tanto, y debo confesar que sus palabras me causaron un placer muy vivo; porque en otras ocasiones más bien me había picado con su indiferencia respecto á la admiración que me causaban sus procedimientos y á los esfuerzos que hacía yo para dar publicidad á éstos. Me sentía orgulloso, también, al pensar que dominaba ya á tal punto el sistema de mi amigo, que había llegado á aplicarlo en aquel caso en una forma que había merecido su completa aprobación. Holmes me sacó el bastón de las manos y se puso á examinarlo á simple vista por unos minutos. Después, asumiendo, una expresión de interés, dejó sobre la mesa el cigarrillo, y Mevándose el bastóp á la ventana lo examinó de nuevo con un lente. —Interesante, aunque sencillo—dijo, yendo á sentarse en su sitio favorito en el sofá.—El bastón ofrece positivamente uno que otro dato. Esto puede servirnos de base para algunas deducciones. Se me ha escapado algo?—pregunté con cierta presunción. Espero que no será nada de importanciala —Mi querido Watson, mucho me temo mayor parte de sus conclusiones sean erróneasque Al decir hace un momento que usted me servía frecuentemente de estímulo quise manifestar, voy á ser franco, que las equivocaciones de usted me guiaban muchas veces hacia la verdad. No creo que usted se haya equivocado por completo en este caso. Porque el hombre es seguramente un médico rural, y que camina bastante. —Entonces, yo tenía razón. —Hasta ese punto solamente. —¡Pero, si eso fué todo! —No, no, mi querido Watson, eso no fué todo... Yo presumiría, por ejemplo, que es más probable que un regalo hecho á un médico proceda de un hospital que de un club de cazadores, y presumiría también que, cuando las iniciales «C. C.» preceden á la «H.» de este hospital, las palabras «Charing Cross Hospital» surgen muy naturalmente por sí mismas. —Tal vez tenga usted razón. —Todas las probabilidades apuntan en esa dirección. Ahora bien: si consideramos aceptable esta hipótesis, tendremos en ella un nuevo punto de partida para la reconstrucción de nuestro desconocido visitante. Bueno. Suponiendo que lo de «C. C. H.» represente efectivamente «Charing Cross Hospital, ¿qué otras inferencias podemos hacer? No se sugieren acaso por sí mismas? Usted conoce mis procedimientos. Aplíquelos. —Sólo se me ocurre la obvia conclusión de que el hombre ha de haber estado ejerciendo su profesión en Londres antes de marcharse al campo. —Creo que podríamos aventurarnos un poco más lejos todavía. Vea las cosas bajo esta luz: ¿en qué ocasión es más probable que se haya hecho un regalo como éste? ¿En qué ocasión es más probable que se hayan puesto de acuerdo estos señores de un hospital para ofrecer á un amigo una muestra de sus simpatías? Claro está que en la ocasión en que el doctor Mortimer dejaba el servicio del hospital para empezar á ejercer suprofesión por cuenta propia. Sabemos, pues, que ha habido un regalo, y suponemos que se ha producido un cambio: de un hospital urbano á una clientela rural. ¿Sería, entonces, llevar demasiado lejos nuestra inferencia el decir que el obsequio fué hecho en ocasión del cambio? —Efectivamente, esto parece lo más probable. Ahora bien: usted convendrá en que el hombre no puede haber pertenecido al estado mayor» de ese hospital, desde que una posición como esta, sólo la puede ocupar un médico bien establecido con clientela en Londres, médico que, estando en tales condiciones, no habría de marchar89 al campo. ¿Qué ha sido él allí, entonces? Si estaba en un hospital y no formaba parte del personal directivo, sólo puede haber sido un cirujano interno ó un médico interno, es decir, poco más que un estudiante de último año. Y salió de li hace cinco años... la fecha está en el bastón. De modo que el médico de familia que pintaba usted, grave, maduro, se desvanece en el aire, mi querido Watson; y en su lugar surge un joven de menos de treinta años, afable, sin ambiciones, distraído, y dueño de un perro mimado, que podría describir, en bruto, como más grande que un raposero y más pequeño que un mastín. Yo me reí, incrédulo, mientras Sherlock Holmes se retrepaba en el sofá y lanzaba al cielo raso pequeñas coronas temblorosas de humo. —Por lo que se refiere á la última parte, no tengo datos para contradecirlo—le dije;—pero, en cambio, no es difícil encontrar informaciones sobre la edad y la carrera profesional del hombre. Bajé de mi pequeña estantería científica la «Guía Médica» y busqué en ella el nombre. Había varios Mortimer, pero sólo uno de ellos podía ser nuestro visitante. Leí en voz alta su referencia: Mortimer Jaime, M. R. C. S., 1882, Grimpen, Dartmoor, Devon. Cirujano interno de 1882 á 1884, en el hospital de Charing Cross. Ganador del premio «Jackson» en Patología Comparada, con un escrito titulado: «Es una Reversión la Enfermedad?» Miembro correspondiente de la Sociedad Patológica Sueca. Autor de «Algunos Caprichos del Atavismo» (Lancet, 1882). «Progresamos?» (Journal of Psychology, marzo 1883). Médico oficial de las parroquias de Grimpen, Thorley y Cerro Alto. Ni señales de aquel club de cazadores, Wat son— —dijo Holmes con pérfida sonrisa;—pero si de un médico rural, como observó usted con tanta perspicacia. Veo que mis inferencias han quedado plenamente comprobadas. En cuanto á los adjetivos, dije, si mal no recuerdo, afable, sin ambiciones y distraído. Sé, por experiencia, que en este mundo sólo un hombre afable, recibe regalos; que sólo uno que no tiene ambiciones abandona su carrera en Londres por otra en el campo, que sólo un distraído deja su bastón en vez de su tarjeta en casa de la persona que ha ido á ver y que no ha encontrado. —¿Y lo del perro? —El perro ha tenido la costumbre de llevar el bastón de su dueño, siguiendo tal vez los pasos de éste. Como el bastón es pesado, el perro lo aseguraba por el medio, y las señales de sus dientes están bien claras. La boca de este perro, á juzgar por la distancia

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