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Robinson Crusoe - Daniel Defoe Robinson Crusoe Daniel Defoe · 1719
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Traducción: José Alegret de Mesa · Edición: Murcia y Martí, Barcelona, 1863 · Narración: Joyfull, Mongope, Ditirambo +4, LibriVox · Texto: Google Books (Universidad Complutense de Madrid)

Vista previa · Capítulo I
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Fragmento sincronizado
Mi nacimiento. — Deseos irresistibles de embarcarme á los 19 años. — Violenta borrasca, en la cual el navío zozobra y se salva la tripulacion. — Viaje á Guinea. — Somos apresados por un corsario de Salé, y vendidos como esclavos. — Mi fuga y acogida en un buque mercante. Nací en York el año de 1632, siendo oriundo de una familia ilustre, pero estrangera en el pais. Mi padre, natural de Brema, se dedicó á la carrera del comercio en Hull, adquiriendo una fortuna mas que regular. Mas tarde fué á establecerse en York, en donde casó con mi madre que pertenecia á la familia Robinson, una de las mejores del condado. De ahí se deriva mi nombre de Robinson Kreutznaer, alterado luego por una corrupcion muy comun en Inglaterra, en lugar de Crusoé, con el cual se firma hoy mi familia y aun yo mismo. Mis amigos no me han llamado jamás de otro modo. Tenia dos hermanos mayores que yo: el primero, teniente coronel de un regimiento de infantería inglesa en Flandes, que mandaba el célebre Luckart, fué muerto en la batalla de Dunkerque, contra los españoles. En cuanto al segundo, siempre he ignorado lo que habia sido de él, y su destino ha sido para mí un enigma, del mismo modo que lo ha sido el mio para mis padres. Como yo era el tercer varon de la familia, y todavía no habia empezado carrera alguna, formaba allá en mis adentros mil castillos en el aire. Mi padre, de edad avanzada, me habia educado como convenia á mi clase, ya dándome él mismo algunas lecciones, ya enviándome á una escuela fuera de la poblacion. Su intencion era hacerme estudiar leyes, mas mis planes eran muy distintos. Dominado únicamente por el pensamiento de navegar, me resistia con tal entereza contra la voluntad paternal, contra las súplicas de mi madre y las instancias de mis deudos, que desde aquel instante hubiera sido fácil vaticinar que una especie de vocacion fatal me arrastraria hacia un porvenir de sufrimientos y miserias. Mi padre, hombre grave y discreto, no tardó en adivinar mis proyectos, y me dió escelentes consejos para hacérmelos abandonar. Una mañana me llamó á su habitacion, en donde le retenia un ataque de gota, y me estrechó vivamente á que desistiese de mis erróneas ideas. ¿Por qué estraña anomalía, hijo mio, me dijo, tratas de abandonar la casa paterna y el suelo natal en donde todo te promete la felicidad, no te falta ninguna clase de apoyo, y te se presenta la doble perspectiva de tener una fortuna adquirida por la industria y el trabajo, y las dulzuras de una vida cómoda y tranquila? Hay dos especies de gentes en la sociedad, á las cuales conviene tu modo de pensar: las unas desprovistas enteramente de recursos, las otras colocadas en un rango superior, á quienes es dado formar grandes empresas y recorrer el mundo en busca de aventuras, porque este es uno de los medios para elevarse y crearse renombre por medio de un camino poco frecuentado; pero no es de ninguna manera conveniente á la clase á la cual tienes la dicha de pertenecer. Por una larga esperiencia he conocido que esta es la mejor de todas, la mas rica en felicidades humanas, al abrigo por un lado de la miseria, de los trabajos y de los sufrimientos de las clases menesterosas, y por el otro exento del orgullo y del lujo, de la ambicion y de la envidia de los grandes de la tierra. Tú mismo puedes juzgar de la verdad de mis asertos, pues todos envidian nuestra situacion. ¿Cuántos reyes han deplorado con frecuencia las miserables consecuencias de su elevado nacimiento? ¿Cuántas veces habrán deseado gozar de una posicion entre los dos estremos, intermediaria entre los grandes y los pequeños? ¿Cuántas el sábio á su vez, rogando al cielo que le colocase á igual distancia, tanto de la riqueza como de la pobreza, ha optado en favor de la tercera condicion, la cual es el complemento de la dicha destinada á los mortales? Todo lo cual me hizo especialmente notar una cosa que mas tarde habia de palpar, esto es, que las calamidades de la vida se dividen con bastante igualdad entre las personas de alta y baja esfera, mientras que las de la clase media no están sujetas á tales desastres, pues por regla general no corren la suerte ni las vicisitudes que afligen á los hombres colocados ó muy alto ó muy bajo; gozan mas; las enfermedades no son tan frecuentes como entre las demas clases, pues que el método de vida introduce el gérmen de varios males, contribuyendo á ellos en los unos la disipacion y los escesos, y en los otros el trabajo duro y un alimento escaso. Por último, mi padre añadió, que una mediana fortuna era el testimonio y el origen de todas las virtudes y placeres; que la sobriedad, la moderacion, la tranquilidad, la salud, la sociabilidad, en una palabra, todas las distracciones honestas y apetecibles estaban adheridas á dicho género de vida; que siguiendo esta senda, los hombres finalizaban su carrera sin estar fatigados ni por el trabajo material, ni por el moral, sin estar ceñidos á una vida abyecta para ganar su sustento, ni á una série de dudas que turban el espíritu y fatigan el cuerpo, sin esperimentar ni la cruel desesperacion de la envidia, ni el aguijon punzante de la ambicion; felices disfrutando de su dicha, tranquilos amando su reposo, haciendo un estudio diario para conservarse en una posicion tan perfecta y encerrarse en ella. Despues de todo me rogó encarecidamente con las palabras mas afectuosas, que obrase con reflexion, no precipitándome en un cúmulo de desgracias, de las cuales la naturaleza y la fortuna me habian eximido. Dijome que yo no tenia necesidad de ganar mi subsistencia; que habia formado el plan de sostenerme convenientemente en la profesion á la cual me destinaba, y que me conduciria á la posicion que acababa de bosquejar; que si no llegaba á crearme una situacion próspera, seria por culpa mia ó de la suerte; que despues de haber cumplido con su deber, manifestándome los peligros á que me arrastrarian las falsas ideas y locas empresas, no era responsable de nada; es decir, resuelto á asegurar mi suerte si accedia á sus deseos, no queria de ningun modo contribuir á mi pérdida facilitando mi partida. A la conclusion me recordó el ejemplo de mi hermano, con el cual habia empleado los mismos argumentos para disuadirle de marchar al ejército de Flandes, en donde habia perecido. Me aseguró que no dejaria de rogar por mí: pero al mismo tiempo se atrevia á pronosticarme, que si yo daba un paso tan descaminado, la maldicion del Señor caeria sobre mí, y que llegaria un dia que me arrepentiria de haber desoido sus consejos, pero seria cuando ya fuese infeliz, y sin tener quien pudiese prestarme un apoyo en mi desgracia. Este discurso fué verdaderamente profético, aunque mi padre no lo creyese así, y observé que al concluir, abundantes lágrimas corrian por sus venerables mejillas, sobre todo cuando habló de la desgraciada muerte de mi hermano; mas en el momento en que añadió que tendria en mí aun lugar el arrepentimiento, sin tener á nadie que viniese en mi ayuda, se conmovió tanto, que se interrumpió, y observé que le faltaban las fuerzas para continuar. Impresionado sinceramente con tan tierno discurso, resolví no pensar ya mas en viajes, y establecerme en mi poblacion natal conforme á los deseos de mi padre; mas ¡ay! este buen propósito pasó como un relámpago: volví á mis antiguas ideas, y para esquivar en adelante las que yo juzgaba importunidades de mi padre, traté de alejarme sin su permiso. Sin embargo, no traté de llevarlo á cabo con tanta precipitacion como de la que me sentia arrastrado. Un dia que mi madre parecia estar mas alegre que de ordinario, llamándola aparte, le dije que mi pasion de ver mundo era tan irresistible que me incapacitaba de emprender carrera alguna; que tenía la suficiente resolucion para llevarlo á cabo, y que mi padre obraria con mas tino dándome su permiso, que obligándome á tomarlo. La manifesté, que considerase que tenia ya diez y ocho años, edad muy adelantada para empezar una profesion como la de abogado; que si me compelia á ello, huiria y me embarcaria. Añadí que si queria hablar en favor mio á mi padre y obtener de él que me dejase hacer un viaje por mar, prometia desde luego á mi vuelta en el caso de no acomodarme aquella vida errante, renunciar á ella, y recuperar desde aquel instante el tiempo perdido por medio del aumento del celo y trabajo. A tales palabras, mi madre se encolerizó. Me dijo que seria tiempo perdido el hablar á mi padre de dicho asunto: que conocia demasiado mis verdaderos intereses para dar su consentimiento á un proyecto tan descabellado; que no concebia cómo podia pensar en semejante

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