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Novelas ejemplares - Miguel de Cervantes Saavedra Novelas ejemplares Miguel de Cervantes Saavedra · 1613
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Aperçu · Chapitre I
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Extrait synchronisé
No ha muchos años que de un lugar de Estremadura salió un hidalgo, nacido de padres nobles, el cual como un otro pródigo, por diversas partes de España, Italia y Flándes anduvo gastando así los años como la hacienda; y al fin de muchas peregrinaciones (muertos ya sus padres y gastado su patrimonio) vino á parar á la gran ciudad de Sevilla, donde halló ocasion muy bastante para acabar de consumir lo poco que le quedaba. Viéndose pues tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio á que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse á las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores quien llaman ciertos los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño comun de muchos y remedio particular de pocos. En fin, llegado el tiempo en que una flota partia para Tierrafirme, acomodándose con el almirante della, aderezó su matalotaje y su mortaja de esparto, y embarcándose en Cádiz, echando la bendicion á España, zarpó la flota, y con general alegría dieron las velas al viento, que blando y próspero soplaba; el cual en pocas horas les encubrió la tierra, y les descubrió las anchas y espaciosas llanuras del gran padre de las aguas, el mar Océano. Iba nuestro pasajero pensativo, revolviendo en su memoria los muchos y diversos peligros que en los años de su peregrinacion habia pasado, y el mal gobierno que en todo el discurso de su vida habia tenido: y sacaba de la cuenta que á mismo se iba tomando, una firme resolucion de mudar manera de vida, y de tener otro estilo en guardar la hacienda que Dios fuese servido de darle, y de proceder con mas recato que hasta allí con las mujeres. La flota estaba como en calma, cuando pasaba consigo esta tormenta Felipe de Carrizales, que este es el nombre del que ha dado materia á nuestra novela. Tornó á soplar el viento, impeliendo con tanta fuerza los navíos, que no dejó nadie en sus asientos, y así le fué forzoso á Carrizales dejar sus imaginaciones, y dejarse llevar de solos los cuidados que el viaje le ofrecia, el cual viaje fué tan próspero, que sin recebir algun reves ni contraste, llegaron al puerto de Cartagena; y por concluir con todo lo que no hace á nuestro propósito, digo que la edad que tenia Felipe, cuando pasó á las Indias, seria de cuarenta y ocho años, y en veinte que en ellas estuvo, ayudado de su industria y diligencia, alcanzó á tener mas de ciento y cincuenta mil pesos ensayados. Viéndose pues rico y próspero, tocado del natural deseo que todos tienen de volver á su patria, pospuestos grandes intereses que se le ofrecian, dejando el Perú, donde habia granjeado tanta hacienda, trayéndola toda en barras de oro y plata, y registrada, por quitar inconvenientes, se volvió á España: desembarcó en Sanlúcar; llegó á Sevilla tan lleno de años como de riquezas; sacó sus partidas sin zozobras; buscó sus amigos, hallólos todos muertos; quiso partirse á su tierra, aunque ya habia tenido nuevas que ningun pariente le habia dejado la muerte: y si cuando iba á Indias pobre y menesteroso le iban combatiendo muchos pensamientos sin dejarle sosegar un punto en mitad de las ondas del mar, no ménos ahora en el sosiego de la tierra le combatian, aunque por diferente causa; que si entónces no dormia por pobre, ahora no podia sosegar de rico: que tan pesada carga es la riqueza al que no está usado á tenerla ni saber usar della, como lo es la pobreza al que continuo la tiene. Cuidados acarrea el oro, y cuidados la falta dél; pero los unos se remedian con alcanzar alguna mediana cantidad, y los otros se aumentan miéntras mas parte se alcanza. Contemplaba Carrizales en sus barras, no por miserable, porque en algunos años que fué soldado aprendió á ser liberal, sino en lo que habia de hacer dellas, á causa que tenerlas en sér, era cosa infructuosa; y tenerlas en casa, cebo para los codiciosos y despertador para los ladrones. Habíase muerto en él la gana de volver al inquieto trato de las mercancías, y parecíale que conforme á los años que tenia, le sobraban dineros para pasar la vida, y quisiera pasarla en su tierra, y dar en ella su hacienda á tributo, pasando en ella los años de su vejez en quietud y sosiego, dando á Dios lo que podia, pues habia dado al mundo mas de lo que debia: por otra parte consideraba que la estrecheza de su patria era mucha, y la gente muy pobre, y que el irse á vivir á ella, era ponerse por blanco de todas las importunidades que los pobres suelen dar al rico que tienen por vecino, y mas cuando no hay otro en el lugar á quien acudir con sus miserias: quisiera tener á quien dejar sus bienes despues de sus dias, y con este deseo tomaba el pulso á su fortaleza, y parecíale que aun podia llevar la carga del matrimonio; y en viniéndole este pensamiento, le sobresaltaba un tan gran miedo, que así se le desbarataba y deshacia, como hace á la niebla el viento, porque de su natural condicion era el mas celoso hombre del mundo, aun sin estar casado, pues con solo la imaginacion de serlo, le comenzaban á ofender los celos, á fatigar las sospechas y á sobresaltar las imaginaciones, y esto con tanta eficacia y vehemencia, que de todo en todo propuso de no casarse. Y estando resuelto en esto, y no lo estando en lo que habia de hacer de su vida, quiso su suerte que pasando un dia por una calle, alzase los ojos y viese á una ventana puesta una doncella al parecer de edad de trece á catorce años, de tan agradable rostro y tan hermosa, que sin ser poderoso para defenderse el buen viejo Carrizales, rindió la flaqueza de sus muchos años á los pocos de Leonora, que así era el nombre de la hermosa doncella; y luego sin mas detenerse, comenzó á hacer un gran monton de discursos, y hablando consigo mismo decia: «Esta muchacha es hermosa, y á lo que muestra la presencia desta casa, no debe de ser rica, y ella es niña; sus pocos años pueden asegurar mis sospechas: casarme he con ella, encerraréla, haréla á mis mañas, y con esto no tendrá otra condicion que aquella que yo le enseñare: yo no soy tan viejo que pueda perder la esperanza de tener hijos que me hereden: de que tenga dote ó no, no hay para qué hacer caso, pues el cielo me dió para todo, y los ricos no han de buscar en sus matrimonios hacienda, sino gusto, que el gusto alarga la vida, y los disgustos entre los casados la acortan: alto pues; echada está la suerte, y esta es la que el cielo quiere que yo tenga.» Y así hecho este soliloquio, no una vez sino ciento, al cabo de algunos dias habló con los padres de Leonora, y supo cómo, aunque pobres, eran nobles, y dándoles cuenta de su intencion y de la calidad de su persona y hacienda, les rogó muy encarecidamente le diesen por mujer á su hija. Ellos le pidieron tiempo para informarse de lo que decia, y que él tambien le tendria para enterarse ser verdad lo que de su nobleza le habian dicho. Despidiéronse, informáronse las partes, y hallaron ser ansí lo que entrambos dijeron; y finalmente, Leonora quedó por esposa de Carrizales, habiéndola dotado primero en veinte mil ducados: tal estaba de abrasado el pecho del celoso viejo. El cual apénas dió el de esposo, cuando de golpe le embistió un tropel de rabiosos celos, y comenzó sin causa alguna á temblar, y á tener mayores cuidados que jamas habia tenido: y la primera muestra que dió de su condicion celosa, fué no querer que sastre alguno tomase la medida á su esposa de los muchos vestidos que pensaba hacerle; y así anduvo mirando cuál otra mujer tendria poco mas ó ménos el talle y cuerpo de Leonora, y halló una pobre á cuya medida hizo hacer una ropa, y probándosela su esposa, halló que le venia bien, y por aquella medida hizo los demas vestidos, que fueron tantos y tan ricos, que los padres de la desposada se tuvieron por mas que dichosos en haber acertado con tan buen yerno para remedio suyo y de su hija. La niña estaba asombrada de ver tantas galas, á causa que las que ella en su vida se habia puesto, no pasaban de una saya de raja y una ropilla de tafetan. La segunda señal que dió Felipe, fué no querer juntarse con su esposa hasta tenerla puesta casa aparte, la cual aderezó en esta forma. Compró una en doce mil ducados

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