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Electra - Eurípides Electra Eurípides · -413
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Electra audiolibro - ascolta gratis

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Traduzione: Eduardo Mier y Barbery · Edizione: Librería de los Sucesores de Hernando, Madrid, 1909 · Lettura: Internet Archive · Testo: Project Gutenberg

Anteprima · Capitolo I
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¡Oh Argos, antigua ciudad y corriente del Ínaco, desde el cual Agamenón navegó en otro tiempo hacia los campos troyanos llevando la guerra en mil naves! Muerto Príamo, que reinaba en Ilión, y tomada la ínclita ciudad de Dárdano, volvió a Argos y depositó en los elevados templos muchos trofeos de bárbaros. Y aunque allí fue, en verdad, afortunado, pereció en su palacio por engaño de su esposa Clitemnestra, y a manos de Egisto, hijo de Tiestes. Y al morir dejó el antiguo cetro de Tántalo, y Egisto reina en esta tierra, casado con su esposa, la hija de Tindáreo. De los herederos de su nombre que quedaron en su patria al navegar hacia Troya, a saber, Orestes y Electra, el primero, en gran peligro de muerte por el odio que le profesaba Egisto, fue llevado ocultamente por un viejo servidor de su padre al palacio de Estrofio, en la Fócida, para educarse en él, y la mano de Electra, que permaneció en el hogar paterno, fue solicitada por los próceres griegos cuando llegó a la pubertad. Pero Egisto la retenía en su palacio y no la dio a ninguno, temiendo que engendrara hijos argivos, vengadores de Agamenón; hasta quiso asesinarla, muy receloso que, de otra cualquier manera, se enlazase a algún hombre ilustre, y fue salvada por su madre, que si tuvo un motivo aparente para asesinar a su esposo, no se atrevió, temerosa del escándalo, a ensañarse en sus hijos. Tal fue la razón que movió a Egisto a ofrecer un premio al que matase al hijo desterrado de Agamenón y a casarme con Electra. Aunque mis padres fueron ciudadanos de Micenas (que en esta parte a nadie envidio, pues mi linaje es preclaro, aunque carezca de bienes, causa de mi oscuridad), la entregó a un esposo poco distinguido, para no exponerse a tanto peligro. Porque si la poseyese un hombre poderoso por su dignidad, lo excitaría a vengar el asesinato impune de Agamenón, y el castigo alcanzaría a Egisto. Yo puedo decir, poniendo a Afrodita por testigo, que jamás manché su lecho, y que todavía permanece virgen. Sería para mi vergonzoso empañar el lustre de estos hijos de varones opulentos, y deploro, aunque solo sea su pariente en el nombre, que el desdichado Orestes, si vuelve alguna vez a Argos, contemple el miserable consorcio de su hermana. Quien dijere que soy un necio, porque he recibido una virgen en mi hogar y continúa inmaculada, sepa que la continencia no es joya de las almas pervertidas, y que el que así pensare será el verdadero necio. ELECTRA (llevando un cántaro en la cabeza). ¡Oh negra Noche, madre de los dorados astros (que me ves llevando en mi cabeza este cántaro para llenarlo de agua de la fuente, no obligada por la pobreza, sino para probar a los dioses la injuria que me hizo Egisto, y quejarme a mi padre en el seno del vasto éter)! Porque la malvada hija de Tindáreo, mi madre, me expulsó de su palacio por complacer a su esposo, tratándonos a mí y a Orestes como si no fuéramos sus hijos, mientras daba otros a Egisto. EL COLONO ¿Por qué, ¡oh infortunada!, te fatigas por mi causa, pasando trabajos, educada antes con regalo, y no descansas a pesar de mis ruegos? ELECTRA Te miro como a un amigo, y eres para mí tan venerable como un dios, porque no me insultaste en mis desdichas. Dulcísimo consuelo es para los mortales encontrar alivio en su desgracia, como yo en ti. Conviene, por tanto, que aun sin mandármelo, y a medida de mis fuerzas, te ayude en el trabajo para que sea menos molesto, y sufrir contigo cuando tú sufres; que si fuera de casa tienes ocupación bastante, yo debo cuidar de ella para que, al regresar cansado, nada te falte. (Retíranse en dirección opuesta, y al poco tiempo aparecen Pílades y Orestes). EL COLONO (alejándose). Anda, pues, si te agrada, que la fuente no está lejos; yo, así que amanezca, llevaré al campo los bueyes, y sembraré la tierra, que el perezoso, aunque siempre tenga en los labios el nombre de los dioses, no ganará el sustento sin fatiga. ORESTES Para mí, ¡oh Pílades!, eres el más leal de los hombres, y al mismo tiempo mi amigo y huésped, y tú solo permaneces fiel al desdichado Orestes, que tanto sufría por causa de Egisto, asesino de mi padre y cómplice de mi depravada madre. Vengo al territorio argivo por orden secreta del dios Apolo, sin saberlo nadie, para castigar con la muerte a los asesinos de Agamenón. Esta noche he visitado su sepulcro, y llorado allí, y ofrecídole las primicias de mis cabellos, y derramado sobre el altar la sangre de una oveja, ignorándolo los tiranos que dominan en este pueblo. Pero mis pies no pasarán las murallas, que vengo aquí con dos objetos: para refugiarme en otro país, si algún espía me conoce, mientras busco a mi hermana (que, según dicen, se ha casado y ya no es virgen), y para verla y participarla mis proyectos de venganza y saber con certeza lo que sucede en la ciudad. Ahora, pues, que la aurora muestra su rostro refulgente, dejemos esta senda; algún labrador o alguna esclava podrán vernos, y entonces preguntaremos si mi hermana habita en estos parajes. En efecto, se acerca una esclava, que en su rasurada cabeza trae un cántaro de agua de la fuente; sentémonos y averigüemos de ella, si podemos, algo de lo que nos trae a esta región. (Ocúltanse detrás de un matorral. Llega Electra con el cántaro de agua). ELECTRA Estrofa 1.ª — Apresura tus pasos, que ya es hora; entra, entra lamentándote. ¡Ay de mí, ay de mí! Engendrome Agamenón y pariome Clitemnestra, la odiosa hija de Tindáreo, y las gentes me llaman la desdichada Electra, con razón, es verdad, por los duros trabajos que sufro y por mi triste vida. ¡Oh padre, tú yaces en la morada de Hades, degollado por tu esposa y por Egisto! Mesodo. — Anda, pues, quéjate como siempre; disfruta de tus tristes goces. Antístrofa 1.ª — Apresura tus pasos, que ya es hora; entra, entra lamentándote. ¡Ay de mí, ay de mí! ¿En qué ciudad, en qué casa sirves, ¡oh hermano miserable!, dejando en el hogar paterno a tu hermana, mujer infeliz, presa de acerbos dolores? ¡Oh Zeus, Zeus, ven a librar a esta mísera de tantos males; ven a vengar el cruelísimo asesinato de un padre; ven alguna vez a Argos! Estrofa 2.ª — Baja esta carga de mi cabeza para dar a mi padre quejas nocturnas, con voz clara, lamentos, cantos, fúnebres plegarias. ¡Oh padre, que yaces enterrado!; oye mis sollozos de cada día, mientras desgarro con las uñas mi cuello y lastimo mi cabeza sin cabellos para llorar tu muerte. Mesodo. — ¡Ah, ah!, redobla tus golpes; como si el canto del cisne llamase a las ondas del río a un padre carísimo, asesinado en dolorosos lazos, así yo te lloro, ¡oh mísero Agamenón! Antístrofa 2.ª — Tú lavaste por última vez tu cuerpo en el lecho acerbísimo de la muerte. ¡Ay de mí, ay de mí, ¡oh padre!, herido por cruel segur y por crueles asechanzas a tu vuelta de Troya! Tu esposa no te recibió con guirnaldas ni coronas, que la cuchilla de dos filos de Egisto te causó grave ofensa, y así conservó mi madre su adúltero amante. (Entra el coro de mujeres argivas). EL CORO Estrofa 3.ª — ¡Oh Electra, hija de Agamenón!; llegué, por fin, a tu rústico albergue... Ha venido un hombre oscuro, un montícola de Micenas de los que se alimentan de leche, anunciando a los argivos que prevengan el sacrificio para dentro de tres días, y que todas las vírgenes se reúnan en el templo de Hera. ELECTRA No me engalanan resplandecientes vestidos, ¡oh amigas!, ni ostento dorados collares, ni asisto a los coros de doncellas argivas, danzando con pie ligero, que, desgraciada, son las lágrimas mis coros, las lágrimas mis cuidados cotidianos. Mira si mi cabeza descuidada y mis rasgados vestidos convienen a la hija del rey Agamenón, el que tomó a Troya en otro tiempo. EL CORO Antístrofa 3.ª — Poderosa es Hera. Ya que he venido, recibe este palio, que tejí para ti, y estos adornos dorados que aumentan la nativa gracia. ¿Crees acaso que bastan tus lágrimas, si no veneras a los dioses, para vencer a tus enemigos? Serás feliz, ¡oh hija!, no gimiendo, sino orando con frecuencia. ELECTRA Ningún dios oye los clamores de la infeliz Electra, ni se acuerda de los sacrificios que ofreció mi padre. Lloro al que ya murió; a Orestes, que vive errante, hollando miserable extraña tierra, acaso esclavo, cuando es hijo de ínclito padre. Verdad es que yo habito en una pobre cabaña, atormentando mi alma el destierro del hogar paterno y morando en sus ásperas rocas, mientras mi madre, casada con otro, duerme en lecho nupcial, manchado con la sangre de su esposo. EL CORO Helena, hermana de tu madre,

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