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Viajes de Gulliver - Jonathan Swift Viajes de Gulliver Jonathan Swift · 1726
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Viajes de Gulliver audiolibro - ascolta gratis

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Anteprima · Capitolo I
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Mi padre, cuya hacienda en la provincia de Nottinghan era moderada, tenía cinco hijos: yo era el tercero. A la edad de catorce años me envió al Colegio de Emmanuel en Cambridge. Allí cumplí los diez y siete; pero, siendo demasiado el gasto de mi manutención, determinó trasladarme a la casa del señor Santiago Bates, famoso cirujano en Londres, en clase de discípulo, donde permanecí otros cuatro años. Mi padre me enviaba de vez en cuando algunas partidillas de dinero que empleaba en aprender el pilotaje y las matemáticas, lo más necesario para los que se forman el designio de viajar por mar, como que preveía que había de ser éste mi destino. Habiendo dejado al señor Bates, me volví a la casa de mi padre; y tanto de él como de mi tío Juan y algunos otros parientes, pude recoger hasta cuarenta libras esterlinas con la promesa de otras treinta por año para mante- nerme en Leiden. Pasé allá, y me apliqué al estudio de la Medicina por espacio de dos años y siete meses, persuadido de que podría serme útil algún día en mis viajes. Salí de Leiden, y a poco tiempo obtuve por recomendación de mi buen maestro el señor Bates el nombramiento de cirujano con destino a La Golondrina, donde estuve tres años y medio a las órdenes del capitán Abraham Panell, su comandante, en cuyo tiempo hice mis viajes a Levante y a otras partes. A mi regreso, determiné establecerme en Londres; el señor Bates me animó a tomar este partido, y me encargó de sus enfermos. Alquilé un cuarto en una pequeña hospedería sita en el cuartel que llaman Oldjewry, y a pocos días tomé estado con una doncella cuyo nombre era María Burtón, hija segunda del señor Eduardo Burtón, mercader, en la calle de Newgate, la cual me trajo cuatrocientas libras esterlinas en dote. Pero mi amado maestro Bates murió dos años después, y no teniendo otro protector, mi clientela principió a decrecer, y mi conciencia no me permitía imitar la conducta de la mayor parte de cirujanoscuya ciencia es bastante semejante a la de los procuradores. Esta fué la causa por que, después de haber consultado a mi mujer y algunos de mis amigos más íntimos, tomé la resolución de emprender todavía un nuevo viaje por mar. Fuf cirujano sucesivamente en dos navíos, y esta proporción., ayudada de diferentes viajes que hice en el espacio de seis años a las Indias Orientales y Occidentales, aumentaron un poquito mi fortuna. Empleaba el tiempo libre en leer los mejores autores antiguos y modernos, estando siempre surtido de un cierto número de libros; y cuando estaba en tierra no me descuidaba de observar las costumbres y carácter de los pueblos, procurando instruirme en el idioma del país, que no me costaba mucha dificultad, porque la memoria era buena. El último de estos viajes no fué tan feliz que no me dejase disgustado del mar, inspirándome el partido de estarme quieto en mi casa con mi mujer y mis hijos. Parecióme acertado mudar de habitación. Trasladéme de Old-jewry a la calle de Fetterlane, y de allí a Waping, con la idea de adquirir práctica entre los marineros; pero no me salió la cuenta. Después de haber pasado tres años en la vana esperanza de que mejorason mis negocios, acepté un partido ventajoso que me fué propuesto por el capitán Guillermo Prichard, próximo a salir en el Antelope para el mar del Sud. Nos embarcamos en Bristol el díade mayo de, y nuestro viaje por entonces fué feliz. Es inútil cansar al lector con la relación minuciosa de nuestras aventuras en aquellos mares: baste decir que en nuestra travesía a las Indias Orientales sufrimos una tempestad cuya violencia nos arrojó hacia el nordoste de la tierra de Van-Diemen. Por una observación supe que estábamos a treinta grados y dos minutos de latitud meridional. Doce de nuestra tripulación habían ya perecido por el excesivo trabajo y malos alimentos. Elde noviembre, que era el principio del verano en aquel país, estando el horizonte un poco obscuro, descubrieron nuestros marineros una roca que no distaba más del navío que lo largo de un cable; el viento era tan fuerte que, impeliéndonos directamente contra el escollo, quedamos encallados en un momento. Otros cinco de la tripulación y yo nos echamos prontamente a la chalupa, y de este modo pudimos escapar del navío y de la roca. Casi tres leguas corrimos a fuerza de remo; pero el cansancio 'no nos permitía ya continuar; extenuados casi por completo, nos abandonamos a la voluntad de las olas, y a los pocos segundos un golpe de viento norte nos hizo zozobrar. No sé cuál fué la suerte de mis compañeros de chalupa, ni de los que buscaron asilo en la roca, o quedaron en el navío, pero creo que todos perecieron ; yo fui nadando a la aventura; el mismo viento y la marea me llevaban hacia tierra; de cuando en cuando dejaba caer las piernas, pero no hallaba fondo. En fin, estando ya para abandonarme, me hallé de pies en el agua; la tempestad habíase calmado, mas como la dirección era casi involuntaria, anduve otra media legua primero que pude tomar tierra. Después no descubría casa ni vestigio alguno de habitantes, aunque el país estaba bien poblado; con estas miras, recorrí casi un cuarto de legua hasta que el sueño me rindió; porque la misma fatiga, el calor, y una media azumbre de aguardiente que había bebido al tiempo de abandonar el navio, todo concurría a excitarlo. Me acosté sobre la hierba, que era muy fina, y no tardé un segundo en quedarme dormido tan de veras, que no desperté en nueve horas. Al cabo de este tiempo, quise levantarme, mas no pude. Yo me había echado de espaldas, y me encontré amarrado contra el suelo por los cuatro extremos el pelo preso en la misma conformidad, y una porción de ligaduras muy delgaditas rodeaban mi cuerpo desde los sobacos hasta los muslos. El sol principiaba a calentar, y como no podía mirar a otra parte, su gran resplandor me herfa la vista, sin tener medio de averiguar la causa de un murmullo muy confuso que oía en mi derredor hasta que sentí que se movía algo sobre la pierna izquierda, que, adelantándose suavemente hacia el pecho, subió hasta cerca de la barba. ¡Cuál fué mi admiración cuando vi una figurita de criatura humana, alta como de seis pulgadas lo más, arco y flecha en mano y su aljaba a la espalda! Seguíanle otros cuarenta de la misma especie. No pude menos de romper en tan destemplados gritos, que, atemorizados, huyeron todos aquellos animalillos y aun hubo algunos, según supe después, que recibieron golpe mortal por haberse arrojado precipitadamente de mi cuerpo al suelo. Pero no tardaron en volver, y uno de ellos, que tuvo la bizarría de acercarse tanto que pudo descubrir bien todas las facciones de mi rostro, levantando las manos y los ojos por una especie de admiración, exclamó en una voz áspera, pero inteligible Hekinad Degul. Los demás repitieron varias veces las mismas palabras, aunque entonces no comprendí el sentido. Mi sorpresa crecía por momentos; en fin, continuando mis esfuerzos, tuve la fortuna de romper las ligaduras del brazo derecho que estaban sujetas a una estaca, la cual no había visto hasta que cedieron algo las prisiones. Fuí a hacer lo mismo con las del pelo; pero sentí un dolor tan fuerte al tiempo de tirar, que solamente conseguí dejar en movimiento libre la cabeza, porque aflojaron los cordeles (cordeles más finos que los mismos cabellos). Apenas lo advirtieron, emprendieron la fuga lanzando destemplados chillidos. Cesó el rumor, y oyendo que uno de ellos daba las voces: Tolgo Phonac, sentí al mismo tiempo herida la mano izquierda de más de cien flechas que me punzaban como si fuesen otras tantas agujas sucesivamente hicieron otra descarga al aire, al modo de nucius bombas en Europa, y yo creo que algunas de ellas cafan parabólicamente sobre mi cuerpo, aunque no las distinguía, y otras me daban en la cara, que procuré tapar con la mano derecha. Pasó esta granizada, y yo volví a probar de levantarme; entonces me hicieron otra descarga mayor que la primera, y algunos miraban a herirme con lanzas, lo cual no pudieron conseguirlo gracias a mi chupa de ante que era impenetrable. Comprendí que lo más acertado era estarme quieto, sin mudar de postura hasta la noche, que, desenredando el brazo izquierdo, podría quedar en libertad; y respecto a los habitantes con justa razón me consideraba de igual fuerza a los más poderosos ejércitos que podían oponerme, siempre que fuesen todos de la misma talla que los vistos hasta entonces. Pero la fortuna me reservaba una sucrte muy diversa. Luego que aquellas gentes notaron que no me movía, cesaron de dispararme flechas; mas, por ei murmullo que oía, advertí que se aumentaba el número considerablemente, y como a dos toesas de distancia de mi oído izquierdo sonaba un

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