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Fábulas - Félix María Samaniego Fábulas Félix María Samaniego · 1781
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Un Asno maldecía su destino. Yo, decía, trabajo y como paja; Él come harina y berza, y no trabaja. Á me dan de palos cada día; Á él le rascan y halagan á porfía. Así se lamentaba de su suerte; Pero luego que advierte Que á la pocilga alguna gente avanza En guisa de matanza[14], Armada de cuchillo y de caldera, Y que con maña fiera Dan al gordo Cochino fin sangriento, Dijo entre el Jumento: Si en esto para el ocio y los regalos, Al trabajo me atengo y á los palos. FÁBULA II La Cigarra y la Hormiga Cantando la Cigarra, Pasó el verano entero Sin hacer provisiones Allá para el invierno. Los fríos la obligaron Á guardar el silencio, Y á acogerse al abrigo De su estrecho aposento. Vióse desproveída[15] Del preciso sustento, Sin mosca, sin gusano, Sin trigo, sin centeno. Habitaba la Hormiga Allí tabique en medio[16], Y con mil expresiones De atención y respeto La dijo:--Doña Hormiga, Pues que en vuestros graneros Sobran las provisiones Para vuestro alimento, Prestad alguna cosa Con que viva este invierno Esta triste Cigarra, Que alegre en otro tiempo, Nunca conoció el daño, Nunca supo temerlo. No dudéis en prestarme, Que fielmente prometo Pagaros con ganancias, Por el nombre que tengo.-- La codiciosa Hormiga Respondió con denuedo, Ocultando á la espalda Las llaves del granero: --¡Yo prestar lo que gano Con un trabajo inmenso! Díme pues, holgazana, ¿Qué has hecho en el buen tiempo? --Yo, dijo la Cigarra, Á todo pasajero Cantaba alegremente Sin cesar ni un momento. --¡Hola! ¿conque cantabas Cuando yo andaba al remo[17]? Pues ahora que yo como, Baila ¡pese á tu cuerpo! FÁBULA III El Muchacho y la Fortuna. Á la orilla de un pozo, Sobre la fresca hierba, Un incauto mancebo[18] Dormía á pierna suelta. Gritóle la Fortuna: --Insensato, despierta; ¿No ves que ahogarte puedes Á poco que te muevas? Por ti y otros canallas Á veces me motejan, Los unos de inconstante, Y los otros de adversa. Reveses de fortuna Llamáis á las miserias: ¿Por qué, si son reveses De la conducta necia? FÁBULA IV La Codorniz. Presa en estrecho lazo La Codorniz sencilla Daba quejas al aire, Ya tarde arrepentida. --¡Ay de miserable, Infeliz avecilla[19], Que antes cantaba libre, Y ya lloro cautiva! Perdí mi nido amado, Perdí en él mis delicias; Al fin perdílo todo, Pues que perdí la vida. ¿Por qué desgracia tanta? ¿Por qué tanta desdicha? Por un grano de trigo: ¡Oh cara golosina! ¡El apetito ciego Á cuántos precipita Que, por lograr un nada, Un todo sacrifican! FÁBULA V El Águila y el Escarabajo. «¡Qué me matan! favor»: así clamaba Una Liebre infeliz, que se miraba En las garras de un Águila sangrienta. Á las voces, según Esopo cuenta, Acudió un compasivo Escarabajo; Y viendo á la cuitada en tal trabajo, Por libertarla de tan cruda muerte, Lleno de horror exclama de esta suerte: --Oh reina de las aves escogida, ¿Por qué quitas la vida Á este pobre animal, manso y cobarde? ¿No sería mejor hacer alarde De devorar á dañadoras fieras: Ó ya que resistencia hallar no quieras, Cebar tus uñas y tu corvo pico En el frío cadáver de un borrico?-- Cuando el Escarabajo así decía, El Águila con desprecio se reía; Y sin usar de más atenta frase, Mata, trincha, devora, pilla y vase. El pequeño animal así burlado, Quiere verse vengado. En la ocasión primera Vuela al nido del Águila altanera: Halla solos los huevos y, arrastrando, Uno por uno fuélos[20] despeñando. Mas como nada alcanza Á dejar satisfecha una venganza, Cuantos huevos ponía en adelante Se los hizo tortilla en el instante. La reina de las aves sin consuelo, Remontando su vuelo, Á Júpiter excelso humilde llega, Expone su dolor, pídele, ruega Remedie tanto mal. El dios propicio, Por un incomparable beneficio, En su regazo hizo que pusiese El Águila sus huevos, y se fuese; Que á la vuelta, colmada de consuelos[21], Encontraría hermosos sus polluelos[22]. Supo el Escarabajo el caso todo; Astuto é ingenioso, hace de modo, Que una bola fabrica diestramente De la materia en que continuamente Trabajando se halla, Cuyo nombre se sabe, aunque se calla; Y que, según yo pienso, Para los dioses no es muy buen incienso. Carga con ella, vuela, y atrevido Pone su bola en el sagrado nido. Júpiter que se vió con tal basura, Al punto sacudió su vestidura, Haciendo, al arrojar la albondiguilla, Con la bola y los huevos su tortilla. Del trágico suceso noticiosa, Arrepentida el Águila y llorosa, Aprendió esta lección á mucho precio: Á nadie se le trate con desprecio, Como al Escarabajo; Porque al más miserable, vil y bajo, Para tomar venganza, si se irrita, ¿Le faltará siquiera una bolita?[23] FÁBULA VI El León vencido por el Hombre. Cierto artífice pintó[24] Una lucha, en que valiente, Un Hombre tan solamente Á un horrible León venció. Otro León que el cuadro vió, Sin preguntar por su autor, En tono despreciador Dijo: Bien se deja ver Que es pintar como querer; Y no fué león el pintor. FÁBULA VII La Zorra y el Busto. Dijo la Zorra al Busto, Después de olerlo: Tu cabeza es hermosa, Pero sin seso[25]. Como éste hay muchos Que, aunque parecen hombres, Sólo son bustos. FÁBULA VIII El Ratón de la corte y el del campo. Un Ratón cortesano Convidó con un modo muy urbano Á un Ratón campesino. Dióle gordo tocino, Queso fresco de Holanda; Y una despensa llena de vianda Era su alojamiento; Pues no pudiera haber un aposento Tan magníficamente preparado, Aunque fuese en Ratópolis[26] buscado Con el mayor esmero, Para alojar á Roepán[27] primero. Sus sentidos allí se recreaban: Las paredes y techos adornaban, Entre mil ratonescas[28] golosinas, Salchichones, perniles y cecinas. Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso! De pernil en pernil, de queso en queso. En esta situación tan lisonjera Llega la despensera: Oyen el ruido, corren, se agazapan, Pierden el tino; mas al fin se escapan Atropelladamente Por cierto pasadizo abierto á diente. --¡Esto tenemos[29]! dijo el campesino; Reniego yo del queso, del tocino, Y de quien busca gustos Entre los sobresaltos y los sustos. Volvióse á su campaña en el instante, Y estimó mucho más de allí adelante, Sin zozobra, temor, ni pesadumbres, Su casita de tierra y sus legumbres. FÁBULA IX El Herrero y el Perro. Un Herrero tenía Un Perro, que no hacía Sino comer, dormir y estarse echado. De la casa jamás tuvo cuidado; Levantábase sólo á mesa puesta: Entonces con gran fiesta Al dueño se acercaba, Con perrunas[30] caricias le halagaba, Mostrando de cariño mil excesos Por pillar las piltrafas y los huesos. --He llegado á notar, le dijo el amo Que aunque nunca te llamo, Á la mesa te llegas prontamente: En la fragua jamás te vi presente; Y yo me maravillo De que, no despertándote el martillo, Te desveles al ruido de mis dientes. Anda, anda, poltrón; no es bien que cuentes Que el amo, hecho un gañán y sin reposo, Te mantiene á lo conde muy ocioso. El Perro le responde: --¿Qué más tiene que yo cualquiera conde? Para no trabajar debo al destino Haber nacido perro y no pollino. --Pues, señor conde, fuera de mi casa; Verás en las demás lo que te pasa. En efecto salió á probar fortuna, Y las casas anduvo de una en una: Allí le hacen servir de centinela, Y que pase la noche toda en vela; Acá de lazarillo[31] y de danzante; Allá, dentro de un torno, á cada instante Asa la carne que comer no espera. Al cabo conoció de esta manera, Que el destino, y no es cuento, Á todos nos cargó, como al jumento. FÁBULA X La Zorra y la Cigüeña. Una Zorra[32] se empeña En dar una comida á la Cigüeña. La convidó con tales expresiones, Que anunciaban sin duda provisiones De lo más excelente y exquisito. Acepta alegre, va con apetito; Pero encontró en la mesa solamente Jigote[33] claro sobre chata fuente. En vano á la comida picoteaba, Pues era para el guiso que miraba Inútil tenedor su largo pico. La Zorra con la lengua y el hocico Limpió tan bien su fuente, que pudiera Servir de fregatriz, si á Holanda[34] fuera. Mas, de allí á poco tiempo convidada De la Cigüeña, halla preparada Una redoma de jigote llena: Allí fué su aflicción, allí su pena. El hocico goloso al punto asoma Al cuello de la hidrópica[35] redoma: Mas en vano, pues era tan estrecho, Cual si por la Cigüeña fuese hecho. Envidiosa de ver que, á conveniencia, Chupaba la del pico[36] á su presencia. Vuelve, tienta, discurre, Huele, se desatina; en fin, se aburre. Marchó rabo entre piernas, tan corrida, Que ni aun tuvo siquiera la salida De decir: Están verdes, como antaño. También hay para pícaros engaño.[37] FÁBULA XI Las Moscas. Á un panal de rica miel Dos mil Moscas acudieron, Que, por golosas, murieron Presas de patas en él. Otras[38] dentro de un pastel Enterró su

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