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Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) - Santiago Ramón y Cajal Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) Santiago Ramón y Cajal · 1917
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Recuerdos de mi vida (tomo 2 de 2) - аудиокнига, слушать бесплатно

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Фрагмент · Глава I
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Decidido á seguir la carrera del profesorado, me gradúo de doctor y me preparo para oposiciones á cátedras. -- Iniciación en los estudios micrográficos. -- Fracaso previsto de mis primeras oposiciones. -- Los vicios de mi educación intelectual y social. -- Corregidos en parte, triunfo al fin, obteniendo la cátedra de Anatomía descriptiva de la Universidad de Valencia. Nada digno de contarse ocurrió durante los años 1876 y 1877. Continué en Zaragoza estudiando Anatomía y Embriología, y en los ratos libres ayudaba á mi padre en el penoso servicio del Hospital, supliéndole en las guardias y encargándome de las curas de algunos de sus enfermos particulares de cirugía. Porque dejo apuntado ya que mi progenitor había adquirido sólida fama en esta especialidad, operaba mucho y, no obstante su actividad infatigable, faltábale tiempo para acudir á su numerosa clientela. Mis aspiraciones al Magisterio (más que sentidas espontáneamente, sugeridas de continuo por mi padre) me obligaron á graduarme de doctor. Táctica excelente hubiera sido haber cursado oficialmente en Madrid las tres asignaturas cuya aprobación era entonces obligatoria para alcanzar la codiciada borla doctoral (Historia de la Medicina, Análisis química é Histología normal y patológica). Mi estancia durante un año en la Corte habríame reportado positivas é inapreciables ventajas: hubiera conocido personalmente á algunos de mis futuros jueces; asistido á ejercicios de oposición, á fin de enterarme del aspecto técnico y artístico de semejantes certámenes; y adquirido, en cuanto mi natural, un tanto rudo y arisco, consintiese, ese barniz de simpático despejo y de urbana cortesía que tanto realzan al mérito positivo. Pero mi padre, temeroso sin duda de que, lejos de su vigilancia, reincidiese en mis devaneos artísticos --y quizás tenía razón-- resolvió matricularme libremente en las citadas asignaturas, reteniéndome en Zaragoza. Para el estudio de la Química analítica confióme á la dirección de D. Ramón Ríos, farmacéutico muy ilustrado y á la sazón encargado de una fábrica muy acreditada de productos químicos. En cuanto á la Historia de la Medicina y á la Histología normal y patológica, debía asimilármelas autodidácticamente, por la lectura de los libros de texto, pues no había en la capital aragonesa quien pudiera enseñármelas. Cuando, llegado el mes de Junio, me disponía en Madrid á sufrir la prueba del curso, experimenté dos sorpresas desagradables: Todo el caudal de conocimientos analíticos laboriosamente acopiado en el Laboratorio del Dr. Ríos vino á ser inútil; porque, según recordarán cuantos estudiaron por aquellos tiempos, el bueno de Ríos titular de la citada asignatura en la Facultad de Farmacia, sólo exigía á los médicos, con una piedad que tenía mucho de desdén, un programa minúsculo de cuatro ó cinco preguntas, en cada una de las cuales incluía tan sólo algunos cuadros analíticos de aguas minerales, composición de la orina, leche, sangre; cuadros sinópticos que todo el mundo se sabía de coro para salir del paso. Trabajo perdido resultó también el estudio asiduo de la Historia de la Medicina según cierto libro francés declarado de texto. Mis condiscípulos de Madrid, que estaban en el secreto, me desilusionaron profundamente al informarme de que la susodicha obra no servía de nada, puesto que el Dr. Santero exigía casi exclusivamente la doctrina de cierto librito, desconocido para mí, titulado Prolegómenos clínicos, en cuyas páginas el afamado profesor de San Carlos desarrollaba elocuentemente un curso de filosofía médica y daba rienda suelta á su pasión fervorosa por Hipócrates y el hipocratismo. Sólo el Dr. Maestre de San Juan, profesor de Histología, ateníase fielmente al enunciado de su asignatura, examinando con arreglo al texto y programas oficiales. No tuve, por consiguiente, más remedio que encasquetarme, en tres ó cuatro días de trabajo febril, los amenos cuadros analíticos del Dr. Ríos y los briosos y entusiastas alegatos vitalistas del Dr. Santero. Gran suerte fué salir del apretado lance sin más consecuencias que una horrible cefalalgia y cierta aversión enconada á la mal llamada libertad de enseñanza; merced á la cual se da con frecuencia el caso --hoy como entonces-- de que el alumno libre, fiado en la solemnidad del programa oficial, ignore la materia explicada por el catedrático, y de que éste prescinda, á veces, con admirable desenvoltura, de la ciencia que, reglamentariamente, viene obligado á explicar. Sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el Dr. Maestre de San Juan y sus ayudantes (el Dr. López García entre otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y deseoso por otra parte de aprender lo mejor posible la Anatomía general, complemento indispensable de la descriptiva, resolví, á mi regreso á Zaragoza, crearme un Laboratorio micrográfico. Contando con la bondad inagotable de D. Aureliano Maestre, aprobé fácilmente la Histología; pero ni había visto una célula, ni era capaz de efectuar el más sencillo análisis micrográfico. Y fué lo peor que, á la sazón, no había en Zaragoza persona capaz de orientarme en los dominios de lo infinitamente pequeño. Además, la Facultad de Medicina, de que era yo ayudante y auxiliar, andaba muy escasa de medios prácticos. Sólo en el Laboratorio de Fisiología existía un microscopio bastante bueno. Con este viejo instrumento amplificante, y gracias á la buena amistad con que me distinguía el doctor Borao[1], por entonces ayudante de Fisiología, admiré por primera vez el sorprendente espectáculo de la circulación de la sangre. De tan sugestiva demostración he hablado ya en otro lugar[2]. Aquí expresaré tan sólo que ella contribuyó sobremanera á desarrollar en la afición á los estudios micrográficos. [1] Este simpático condiscípulo, hijo del Rector de la Universidad de Zaragoza, D. Jerónimo Borao, murió muy joven. [2] Cajal: Reglas y consejos sobre investigación biológica. 3.ª edición muy aumentada, págs. 106 y 107. Escogido un desván como obrador de mis ensayos prácticos, y reunidos algunos reactivos, sólo me faltaba un buen modelo de microscopio. Las menguadas reliquias de mis alcances de Cuba no daban para tanto. Por fortuna, durante mi última gira á la Corte, me enteré de que en la calle del León, núm. 25, principal (¡no lo he olvidado todavía!) habitaba cierto almacenista de instrumentos médicos, D. Francisco Chenel, quien proporcionaba, á plazos, excelentes microscopios de Nachet y Verick, marcas francesas entonces muy en boga. Entablé, pues, correspondencia con dicho comerciante y ajustamos las condiciones: consistían en abonarle en cuatro plazos 140 duros, importe de un buen modelo Verick, con todos sus accesorios. La amplificación de las lentes (entre ellas figuraba un objetivo de inmersión al agua) pasaba de 800 veces. Poco después me proporcioné, de la misma casa, un microtomo de Ranvier, una tournette ó rueda giratoria y otros muchos útiles de micrografía. Á todo subvinieron mi paga modesta de auxiliar y las flacas ganancias proporcionadas por los repasos de Anatomía; pero las bases financieras del Laboratorio y Biblioteca fueron mis economías de Cuba. Véase cómo las enfermedades adquiridas en la gran Antilla resultaron á la postre provechosas. Por seguro tengo que, sin ellas, no habría ahorrado un céntimo durante mi estancia en Ultramar, ni contado, por consiguiente, para mi educación científica con los recursos indispensables. Menester era, además, adquirir libros y Revistas micrográficos. Escaso andaba de los primeros, á causa de no traducir el alemán, idioma en que corrían impresos los mejores Tratados de Anatomía é Histología. Solamente en versiones francesas conseguí leer la Anatomía general, de Henle, y el Tratado clásico de Histología é Histoquimia, de Frey. El Van Kempen y el Robin, excelentes libros franceses, sirviéronme igualmente de guías. Para los trabajos prácticos pude consultar el Microscopio en Medicina, de Beale, su Protoplasma y vida y el conocido Manual técnico, de Latteux. En cuanto á Revistas científicas, la escasez de mi peculio me obligó á circunscribirme al abono de unos Archivos ingleses (The Quarterly microscopical Science) y á una Revista mensual francesa, dirigida por E. Pelletan (Journal de micrographie). De obras españolas disponía de la del Dr. Maestre de San Juan, muy copiosa en datos, aunque de lectura un tanto difícil. Como se ve por lo expuesto, empecé á trabajar en la soledad, sin maestros, y con no muy sobrados medios; mas á todo suplía mi ingenuo entusiasmo y decidida vocación. Lo esencial para era modelar mi cerebro, reorganizarlo con vistas á la especialización, adaptarlo, en fin, rigurosamente á las tareas analíticas del Laboratorio. Claro es que, durante la luna de miel del microscopio, no hacía sino curiosear sin método y desflorar asuntos. Se me ofrecía un campo maravilloso de exploraciones, lleno de gratísimas sorpresas. Con este espíritu de expectador embobado, examiné los glóbulos de la sangre, las células epiteliales, los corpúsculos musculares, los nerviosos, etc., deteniéndome acá y allá para dibujar ó fotografiar las escenas más cautivadoras de la vida de los infinitamente pequeños. Dada la facilidad de las demostraciones, sorprendíame sobremanera la ausencia casi absoluta de curiosidad objetiva de nuestros Profesores, los cuales se pasaban el tiempo hablándonos prolijamente de células sanas y enfermas, sin hacer el menor esfuerzo por conocer de vista á esos transcendentales y misteriosos protagonistas de la vida y del dolor. ¡Qué digo!... ¡Muchos, quizás la mayoría de los Profesores de aquellos tiempos menospreciaban el microscopio, juzgándolo hasta

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