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El carbonero alcalde I Otro día narraré los trágicos sucesos que precedieron a la entrada de los franceses en la morisca ciudad de Guadix, para que se vea de qué modo sus irritados habitantes arrastraron y dieron muerte al corregidor don Francisco Trujillo, acusado de no haberse atrevido a salir a hacer frente al ejército napoleónico con los trescientos paisanos armados de escopetas, sables, navajas y hondas de que habría podido disponer para ello...
Hoy, sin otro fin que indicar el estado en que se hallaban las cosas cuando ocurrió el sublime episodio que voy a referir, diré que ya era capitán general de Granada el excelentísimo señor conde don Horacio Sebastiani, como le llamaban los afrancesados, y gobernador del Corregimiento de Guadix el general Godinot, sucesor del coronel de dragones de caballería, número 20, M. Corvineau, a quien había cabido la gloria de ocupar la ciudad el 16 de febrero de 1810.
Dos meses habían pasado desde esta aborrecida fecha, y las tropas de Napoleón seguían dominando en Guadix por tal arte, que aquella tierra clásica de revoltosos y guerrilleros era ya una balsa de aceite. Apenas se vela algún que otro buen patriota ahorcado en los miradores de las Casas Consistoriales, y ya iban siendo menos sorprendentes ciertas misteriosas bajas del ejército invasor, ocasionadas, según todo el mundo sabe, por la manía en que dieron los guadijeños, como otros muchos españoles, de arrojar al pozo a sus alojados: comenzaba la plebe a chapurrar el francés, y hasta los niños sabían ya decir «didon» para llamar a los conquistadores, lo cual era claro indicio de que la asimilación de españoles y franceses adelantaba mucho, haciendo esperar a los transpirenaicos una pronta identificación de ambos pueblos: ya bailaban nuestras abuelas... (es decir, las abuelas de los nietos de los afrancesados; que no las mías, a Dios gracias), ya bailaban, digo, con los oficiales vencedores en Marengo, Austerlitz y Wagram, y aun había ejemplo de que alguna beldad despreocupada, con peina de teja y vestido de medio paso, que era la suma elegancia en aquel entonces, hubiese mirado con buenos ojos a éste o aquél granadero, dragón o húsar nacido en lejanas tierras: ya extendían los curiales toda clase de documentos públicos en papel que había sido del reinado de don Fernando VII, y al cual se acababa de poner la siguiente nota: «Valga para el reinado del Rey nuestro señor D. José Napoleón I»: ya se dignaban oír misa, los domingos y fiestas de guardar, aquellos hijos de Voltaire y Rousseau, bien que los generales y jefes superiores la oyesen, como ateos de más alta dignidad, arrellanados en los sillones del presbiterio y fumando en descomunales pipas... (histórico): ya los frailes de San Agustín, San Diego, Santo Domingo y San Francisco habían consumido todas las hostias sagradas y evacuado por fuerza sus conventos, para que sirviesen de cuarteles a los galos; ya, en fin, era todo paz varsoviana, oficial alegría y entusiasmo bajo pena de muerte en la antigua corte de aquellos otros enemigos de Cristo que reinaron en Guadix por la gracia de Alá y de su profeta Mahoma.
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