Trecho
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El recuerdo de las personas que conocimos i el de las acciones, casi siempre insignificantes, que ejecutamos en el rápido curso de nuestra infancia, son, sin duda, los que mas persisten en nuestra memoria. La zancadilla que dimos al compañero de colejio que no hemos vuelto a ver, las pequeñas diabluras que haciamos al maestro, los guantes[1] que él solia aplicarnos con fervoroso celo, los juegos con que nos divertiamos en la única hora de recreo que teniamos i en el corto rato de libertad que nuestros padres nos daban en la noche, perduran como fotografiados en las cámaras de nuestros cerebros. Todas éstas son cosas que nadie olvida. ¿Qué estraño, pues, que yo recuerde con verdadero placer aquellos hermosos años de mi niñez en que tan rápidas pasaban las horas que compartia entre el estudio i el juego? ¿I cómo olvidar a aquella excelente viejecita, la mama Antuca, que nos cuidaba a todos los chicos de la casa como si fuéramos sus hijos? ¡Cuántos años han pasado desde entonces! i sin embargo todavía me parece verla, con su carita arrugada, sentada al lado del enorme brasero, i nosotros, mis hermanos i yo, rodeándola, escuchando atentos sus cuentos maravillosos en que figuraban como principales personajes, cuando ménos un príncipe encantado, un culebrón con siete cabezas i los leones que dormian con los ojos abiertos; o las aventuras, siempre interesantes, del Soldadillo, de Pedro Urdemales o de Puntetito, aquel Puntetito a quien se tragó el buei al comerse una mata de lechuga entre cuyas hojas se habia ocultado el simpático chiquitin.
Un rato despues de la comida, libre ella de sus menesteres i fatigados nosotros de corretear en la plazuela vecina jugando con otros chicos al pillarse, al tugar,[2] a los huevos,[3] o a las escondidas, nos congregábamos a su lado, i sentados los mas en el suelo con las piernas cruzadas, i acariciados por el suave calor que irradiaba el brasero, nos estábamos pendientes de sus relatos, mirándola sin pestañear, a no perder una sola de sus palabras, hasta que el sueño nos rendia i ella misma nos iba a acostar.
Perguntas frequentes
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